ARTURO COMAS.

LO INÚTIL. DEL 16 DE DICIEMBRE AL 27 DE ENERO.

Texto: Johanna Caplliure.

Catálogo exposición.

 

En la invención de lo absurdo. Arturo Comas y el arte de lo inútil.

 

La mantequilla se presenta en formato “barra de pegamento” (Butter Stike Type), un ventilador enfría la sopa, una mopa anudada a nuestros zapatos colabora en la limpieza de nuestro hogar (Sweep Shoes/ Mop Shoes), el tenedor-cuchara-cuchillo. ¿Puede ser algo más absurdo que los artilugios de Kenji Kawakami? Los chindogus, nombre que reciben los objetos concebidos por el genio japonés, se han creado desde la década de los años ochenta y, aunque su misión es absurda, siempre deben funcionar. Las creaciones de Kawakami parecerían el culmen de una sociedad que produce sin cesar con ninguna utilidad, ni provecho, ni objetivo, a pesar de que los inventos de este funcionen a la perfección. Algo que, si nos detenemos a pensar, incluso aparentaría una cierta naturalidad en el ámbito del arte: “arte es aquello que no debe ser útil”. Sin embargo, todos sabemos que el arte posee otras formas de entender la productividad y anhela alcanzar metas muy diferentes a las de cualquier objeto que pudiese participar en la International Chindogu Society. Por ejemplo, en el caso de la performance o la tradición conceptual hallamos desde sus orígenes un interés férreo por cuestionar el estatuto del objeto artístico y la experiencia de este con el espectador. Así como la situación dentro del mercado, su utilidad y su recepción.

Imaginemos. Una serie de acciones repetitivas que no conforman una ley o un hábito, sino un no-significante dentro de la narración. Un hombre joven anda por un sendero entre árboles. Ligado a sus piernas y sobre su cabeza, un aparataje extraño en madera incapacita su destreza psicomotriz(Lo inútil, 2016). La estructura podría sugerirnos las patas de un insecto. De hecho, en su caminar, el joven, que es el propio artista, se tropieza con un aviso: ”ATENCIÓN. Paso de anfibios”. Y si no fuese porque el artilugio no sirve para nada, llegaríamos a la conclusión de que el soporte de madera podría ser una forma “anfibia” de la transformación del ser humano. Como demuestra la acción, la narración se quiebra y solo podemos hablar de secuencias episódicas en las obras que Arturo Comas presenta en la exposición Lo inútil. ¿Qué sentido podría contener la realización de tal acto? ¿Qué lógica determinan los objetos que acompañan cada paso o escena? Arturo Comas se asienta en esa incomodidad de la búsqueda de una sin-razón de la acción, especialmente cuando en su caso las acciones desarrolladas son extraordinariamente ambiguas. Parecen situarnos en la cotidianidad de los actos, puesto que aparentan algo que, sin embargo, desplegándose en la acción, caemos en la cuenta de que no lo es realmente. Y entonces nos preguntamos: ¿qué demonios haces Arturo Comas? ¿qué intentas enseñarnos en tu forma ilógica? Y seguimos observando y preguntándonos: ¿qué son esos objetos que porta? Y ¿para qué sirven? Comas hace compadecer al objeto como un productor de sin sentido y lo pone en funcionamiento de manera más anecdótica que habitual.

Lo absurdo de la acción de Comas siempre nos conduce a la risa o a la sonrisa. Aunque, también, nos imaginamos algún ceño fruncido. Puesto que, pese a que no es extraño pensar en el humor de lo absurdo, este no siempre viene acompañado de entendimiento. En ocasiones sonreímos en situaciones ilógicas que son crueles y no lo sentimos raro. La tradición que precede al artista sevillano irrita a muchos y confiere comodidad a otros. De esta manera, como lo hiciesen los precursores de las investigaciones sobre el absurdo -escritores, dramaturgos y artistas- después de las dos guerras mundiales (especialmente desde los años cuarenta y cincuenta), el humor abre un espacio para poder expresarnos fuera del dolor sobre nuestra propia existencia. Y así, hasta la ilógica cruel disipa el malestar insoportable cuando se nos muestra en una pantomima o en una acción delirante. El absurdo, como plantea Arturo Comas, produce ese mismo impasse que en los trabajos de sus predecesores: paraliza el tiempo, ralentiza la rapidez y el consumo, suspende en el aire el dolor, lo práctico y lo coherente para preguntarnos: qué es, por qué esto, para qué sirve todo esto. Cuestiones que evidentemente como un día ya señaló Albert Camus podrían estar reflexionando sobre nuestras vidas: qué es la vida, por qué la vida, para qué sirve una vida. Y, no obstante, Comas – que no Camus, no juguemos a la confusión en demasía- decide que esas cuestiones sean contestadas por la experiencia de cada uno desde una perspectiva casi disparatada. Por lo tanto, su reflexión no adquiere trazas metafísicas sobre nuestra sustancia, sino más bien a partir de la imposibilidad de sus objetos nos aproxima a cómo la vida es incapaz de cobrar plenamente sentido. Y, por eso, quizá en el oxímoron que el filósofo italiano, Nuccio Ordine, desentraña en “la utilidad de lo inútil”, encontremos cómo Comas aplica su absurda inutilidad en vídeos, objetos que producen esculturas o instalaciones o performances presentadas en vídeo junto a fotografías que constituyen Lo inútil.

La inutilidad de Ordine es aquella de la improductividad del pensamiento o del arte, donde lo importante no es su uso sino lo que desempeña en la vida de cada uno. Esa evidencia es la muestra de lo inútil del trabajo del artista. Y que también es una nueva vieja práctica para el arte. En Croacia, desde la década de 1960, una serie de artistas cuya práctica recibió el nombre de New Art Practice lideró la escena artística postcomunista. Estos analizaban la relación entre el trabajo del artista, el trabajo productivo y el Capital. Estas experiencias, a la cabeza aquellas que examinó Mladen Stilinović, trajeron a la luz una serie de acciones que en su inutilidad mostraban la inoperancia del Capital. Arturo Comas propone en el seno de sus prácticas una inacción emparentada con la del artista croata en Artist at work. Es decir, un absurdo trasiego de acciones comunes que siendo llamadas artísticas parecen claramente absurdas. No obstante, Comas introduce un juego que incrementa lo absurdo y la inoperancia de la acción común. Me refiero a sus gadgets. Una serie de artilugios sin función alguna y cuyo principal objetivo es imposibilitar la forma lógica de la acción del artista. Así el artista andaluz posa con unas muletas cortas de las que no recibe apoyo y con las que cancela cualquier otra operación con sus manos. De la misma manera, cuando recoge en sus manos una estructura cuadrada que aparentaría un marco con patas y que introduciéndose solo puede que portarlo. Sin olvidar, el artilugio más novedoso que Arturo Comas trae a la exposición: un par de spinners cuya boba acción común es evidente: girarlo sin ningún fin que el juego. Y que, no obstante, reiteran su absurdo cuando son provistos de una estructura de manera que con una correa esposa en cada muñeca la mano del artista como un falso apéndice. Y que aceleradamente nos recuerda a un cowboy desenfundando sus pistolas. La actividad no-productiva se resumiría con las últimas piezas: un par de autorretratos de Comas, una práctica con la que nos tiene acostumbrados, donde aparece con un palo en la frente cogido por gomas elásticas.

Sus objetos conectan con cierta poesía visual. Un día Arturo me hace llegar a los kōans, pequeños cuentos japoneses que relatan situaciones sin un objetivo concreto, pero que tratan de ponernos en disposición hacia una sabiduría más allá de lo conocido. Y que en ocasiones pueden ser absurdos. Revisito sus objetos y sus acciones; aquellas que ya había visto y las nuevas que me había enviado en los días anteriores. Entonces remarco que sus objetos y sus situaciones paradójicas podrían ser kōans visuales o piezas de una poética del absurdo. Y que careciendo de cualquier resultado óptimo podrían ser un bello elogio de lo inútil.


Johanna Caplliure